Un Amor entre Dos Mundos (Upside Down), Juan Solanas, 2012
La (moderada) decepción que ha supuesto esta Un amor entre dos mundos en el selecto circuito de la ciencia ficción arthouse (aka especulación existencial para consumidores de Dragones y Mazmorras) era predecible dado lo tibio de su material de partida: la historia sonaba prometedora por lo ingenioso de su planteamiento escénico (un universo hipotético en el que dos ciudades se sitúan una sobre la otra separadas por unos metros, cada una sometida a su respectiva fuerza de la gravedad física y social) pero su potencial pegada se diluye en un guión almibarado y sedoso, que muy cobardemente rehúye indagar los innegables tenebrismos que subyacían a la distopía sórdida que debía haber sido. Un macguffin como este pedía a gritos un abordaje bastante más rocoso y espectral, y la epopeya para toda la familia que aspira a ser finalmente el film da lugar a una insuficiente zarzuela BBC (buena, bonita y cara) que ignora que lo que su público potencial demandaba era negritud en estado puro. No obstante y pese a su escoraje hacia la poética del amor cortés más consabido, la peli no deja de ofrecer momentos sobrecogedores gracias a la belleza plástica de sus viñetas, lujosas estampitas digitales que figuran un universo de innegable eficacia simbólica y cuyas metáforas son comprensibles, de tan evidentes, incluso por el sector menos ilustre de la platea. Se ve con mucho placer, y el paladar se queda con el regusto agridulce de una receta que, sin saber mal, queda eclipsada por la intuición de lo que pudo haber sido de haberse añadido más picante. Cine de palomitas para disfrutar haciendo manitas, frente a la anómala pedrada existencial que prometía su inquietante iconografía escénica.

