capitalismo: el primer reloj-robot
Textos
extraídos de “Educación
para la ciudadanía” (La venganza de Cronos págs.
117-127) de Carlos Fernández Liria y otros autores.
“La razón -decía Voltaire- es
aquello que todos los hombres tienen en común cuando están
tranquilos”. El espacio de la ciudadanía necesita de un cierto
reposo, pues para hablar, para dialogar, para argumentar, para
legislar, hace falta, antes que nada, un poco de calma: uno no se
sienta a charlar en medio de una tempestad. La mitología griega
contaba esto de una forma muy gráfica.
En el comienzo de los tiempos, Gea, la
Tierra, y Urano, el Cielo, no hacían otra cosa que copular el uno
sobre el otro. Urano se negaba a separarse de Gea, de tal modo que
entre los dos no quedaba ni un solo hueco para nada. Así pues, no
había ningún espacio en el que pudieran instalarse las plantas, los
animales, los hombres... En definitiva, el mundo mismo era imposible,
porque el cuerpo de Urano lo tapaba todo.
Mientras tanto, el vientre de Gea no
paraba de concebir hijos, hijos y más hijos. Pero ninguno de ellos
podía nacer, ya que el pene de Urano bloqueaba constantemente la
salida. Así fue hasta que uno de estos hijos, Cronos, el Tiempo,
encontró la solución. Tomó una hoz y, de un sólo tajo, cortó el
pene de su padre desde el interior útero de Gea. Se convirtió así
en el Cielo, dejando entre él y la Tierra un gran espacio abierto,
al cual salieron de inmediato todas las criaturas concebidas en el
vientre de Gea.
Cronos tiró el pene de su padre al
océano y del semen de Urano, al contacto con las aguas, nació
Afrodita, la diosa del amor. Y así fue como se originó el Mundo. El
Cielo quedó arriba, la Tierra abajo, rodeada del Mar. En medio de
todo ello, se abría un espacio suficientemente amplio para todas las
criaturas que conocemos.
Pero el Mundo tenía aún un problema
que convertía en imposible la vida de los hombres. Cronos, el
Tiempo, destruía inmediatamente todo cuanto pretendía instalarse en
ese espacio. El Tiempo lo devoraba todo, nada podía echar raíces y
permanecer. El mito cuenta esto a su modo, diciendo que Cronos
devoraba a sus hijos en cuanto nacían del vientre de su mujer, Rea.
Una profecía decía que Cronos tendría un hijo que lo destronaría.
Así pues, Cronos devoraba a sus hijos,
del mismo modo que cada año, cada día, cada minuto, cada instante,
se consume en el crisol inmisericorde del Tiempo. En esas
condiciones, ninguna institución podía tenerse en pie. Era como si
una tempestad revolucionaria lo echara todo constantemente abajo.
Como si el viento fuese derribando todo cuanto los hombres iban
construyendo.
El mundo era inhóspito, inhabitable, y
todo estaba a la intemperie. Así era imposible sentarse a hablar, a
dialogar, a legislar. La ciudadanía era imposible. La vida de los
hombres en general era imposible, porque éstos no encontraban nada a
lo que agarrarse, ni un altar, ni un tótem, ni un rito, ni una
costumbre, ni siquiera la gramática de la lengua permanecía: todo
se lo llevaba el viento.
Rea entonces inventó una treta. Parió
un hijo y lo escondió. En su lugar, le dio a Cronos una piedra
envuelta en un pañal y éste se la tragó sin notar la diferencia.
Rea llevó a su hijo Zeus -que así se llamaba- a una cueva
escondida, donde fue criado por los Titanes.
Al hacerse mayor, Zeus regresó con el
ejército de los Titanes y venció a Cronos, su padre. A partir de
entonces, el Tiempo dejó de reinar. El Tiempo seguía pasando, pero
ya no reinaba. Así comenzó la era de las instituciones, edificar
palacios y templos, legislar costumbres y, antes que nada, pudieron
ponerse a hablar, a dialogar, porque el viento ya no se llevaba la
gramática de la lengua. Así fue como se hizo posible la aventura de
la ciudadanía.
Nuestras instituciones resisten el
tiempo. Desde entonces el tiempo no reina en este mundo. Es cierto
que a la postre se le deja hacer su obra, pues todo termina por
envejecer y por morir, pero esto es sólo a condición de que,
mientras tanto, el tiempo haya reconocido que existe una autoridad
más alta que él, la autoridad de la razón, la ley y la libertad.
Los hombres vivimos en ese “mientras
tanto”, desplegamos nuestra vida ahí donde el tiempo ha dejado de
reinar. Ese conjunto de instituciones al que llamamos “ciudad”
es, pues, una especie de antídoto contra el tiempo, una especie de
máquina capaz de detener el continuo pasar de las cosas, es decir,
un lugar lo suficientemente tranquilo como para que sea posible
sentarse a hablar, a argumentar y contraargumentar, a dialogar y,
también, a pensar. El declinar de Cronos hizo posible el lenguaje y
el lenguaje trajo después las leyes y la vida ciudadana.
Ahora bien, los griegos fueron muy
conscientes de que preservar ese espacio vacío para la palabra no
era cosa fácil. Había que construir instituciones capaces de
resistir las fuerzas de la naturaleza y, también, las fuerzas de la
historia.
No hay posibilidad de dialogar
tranquilamente en medio de una tempestad, allí donde la naturaleza
se muestra tan hostil que hay que estar constantemente defendiéndose
de ella. Tampoco es posible el diálogo en mitad de una batalla, una
guerra o una invasión. El espacio vacío de la ciudadanía tiene que
estar protegido de las fuerzas incontrolables de la naturaleza y de
la historia.
Para que en el centro de las ciudades
hubiera un espacio vacío (al que acudir todos los días “para
engañarse unos a otros bajo juramento”), había que construir una
muralla alrededor de la ciudad. Una muralla lo suficientemente sólida
para resistir las embestidas del permanente tsunami de las fuerzas
naturales e históricas.
[…]

Así ocurrió, como hemos visto, hasta
los tiempos de las revoluciones que marcaron el inicio de la sociedad
moderna, cuando el proyecto político de la Ilustración se empeñó,
lo mismo que habían hecho Sócrates y Platón, en hacer gravitar la
sociedad en torno a la razón y la libertad.
Esta vez se trató de un impulso
político incontenible, que conmocionó el planeta de arriba abajo.
Los más grandes filósofos, como Montesquieu, Diderot, Rosseau,
Condorcet, Lessing, Kant, Hegel o Schelling, celebraron en esta época
el triunfo de la libertad y la razón. “Desde que el sol está en
el firmamento y los planetas giran en torno a él -decía Hegel-, no
se había visto que el hombre se apoyase sobre su cabeza, esto es,
sobre el pensamiento, y edificase la realidad conforme a la razón”.
Esta vez parecía que la humanidad
entera se había comprometido con el proyecto político de un Estado
de Derecho y que ya nada podría frenarla en este empeño. Era la
victoria definitiva de Zeus: una asamblea legislativa, con la
Declaración de Derechos Humanos como punto de partida, elabora una
constitución y obliga a todo el cuerpo social a acomodarse a las
exigencias de la ley. El espacio de la ciudadanía parecía así, por
primera vez, contar con instituciones suficientemente poderosas para
resistir los embates de la historia.
[…]
Y sin embargo, como vamos a ver en
seguida, lo que se avecinaba en realidad era un desastre sin
precedentes. Por expresarlo como en el mito, podríamos decir que,
justo en el momento en que la Humanidad celebraba la victoria
definitiva de Zeus -la consolidación de un reino de la ciudadanía-,
Cronos iniciaba su más potente y despiadado contraataque.
Cuando se nos cuenta la formación de
los Estados modernos, se nos suele contar, en efecto, la película
del sufragio universal, de la democracia constitucional y del Estado
de Derecho. Pero al mismo tiempo que todas estas cosas, la humanidad
se veía envuelta en otra película mucho más comprometida, una
película que, así, en el lenguaje de Hollywood, podría haberse
llamado, por ejemplo “Cronos, segunda parte: la venganza”.
Podría llamarse también “La
resurrección de Cronos” porque, en efecto, de eso se trató: justo
cuando todo parecía ya preparado para hacer de la política la gran
protagonista de la aventura humana, Cronos renació y se alzó
imponente en el centro mismo del espacio ciudadano. Y así fue como
en lugar de Ilustración tuvimos capitalismo.
Existen muchos motivos por los que esta
comparación del capitalismo con Cronos resulta oportuna. Uno de los
más grandes historiadores contemporáneos, Inmmanuel Wallerstein,
tras escribir una obra monumental sobre la historia del capitalismo,
concluía diciendo que se trataba del sistema más absurdo que ha
conocido la humanidad. “Cuanto más vueltas le doy -decía-, más
absurdo me parece”.
El capitalismo es un sistema en el que
se produce más para producir más. Se acumula capital para acumular
más capital. Los capitalistas son como ratones en una rueda, que
corren más deprisa a fin de correr aún más deprisa. En efecto,
cada empresa se esfuerza por imponerse a la competencia, aumentando
su ritmo de producción, haciendo trabajar más deprisa y más
intensamente a sus trabajadores, intentando conquistar la mayor
cantidad de mercado posible para sus productos.
Mientras tanto, todas las otras
empresas están embarcadas en la misma carrera. Todo el mundo produce
más para no perder mercado, resistir la competencia y ser el último
en quebrar, es decir, para poder seguir produciendo más y más
indefinidamente. El sistema es tan absurdo que su mayor problema
acaba siendo la sobreproducción. El capitalismo vive continuamente
bajo la amenaza de la crisis económica. Pero no porque falten
productos, sino porque sobran.
[…]
El capitalismo es como un tren sin
frenos que se acelera cada vez más. Camina, sin duda, hacia el
abismo. Pero este abismo no es, como muchos marxistas imaginaron, su
fin inevitable, que dará paso al socialismo. No, el capitalismo
rueda vertiginosamente hacia el agotamiento de los recursos
ecológicos, hacia la destrucción de este planeta, que sobrevendrá
quizá con rapidez, por un desastre nuclear, o quizá más
gradualmente, por una quiebra ecológica irreversible.
Sería un gravísimo error, por tanto,
comparar la revolución comunista con un tren en marcha o con un
motor capaz de acelerar las fuerzas de la historia. Estas metáforas
fueron una de las más grandes meteduras de pata de la tradición
marxista. En realidad es todo lo contrario, tal como señaló hace ya
mucho tiempo un filósofo marxista llamado Benjamin: lo que está
fuera de control es, precisamente, el capitalismo, y el socialismo no
es otra cosa que el freno de emergencia. Es la única esperanza que
le queda a la humanidad para pararle los pies al capitalismo.
Recientemente, Terry Eagleton, un
marxista inglés muy perspicaz, ha insistido con mucha razón en que,
hoy día, hace falta ser muy radical y extremista para defender el
capitalismo. En comparación, el comunismo parece más bien cosa de
gente sensata y moderada. Ya no se trata de buscar el paraíso o la
utopía, a fuerza de acelerar insensatamente las fuerzas de la
historia. La mayor fuerza histórica es, precisamente, el
capitalismo, y ya se encarga él de acelerarlo todo.
Lo que reclama el comunismo es un poco
de tranquilidad: lo que reclama es que se nos permita parar. El
capitalismo no puede detenerse: para no quebrar mañana, necesita
producir al máximo hoy. El crecimiento económico es una imposición
de la economía capitalista y para potenciarlo no se repara en medios
humanos y ecológicos.
La humanidad se encuentra así
embarcada en un ritmo productivo criminal y suicida.
Criminal, porque para preservar su
crecimiento económico las grandes potencias no han dudado en
explotar países, esquilmar continentes, colonizar pueblos, asfixiar
economías independientes, hasta convertir este planeta en esa
especie de Tercer Mundo internacional en el que nos encontramos.
Y suicida, porque hasta un niño sabría
sacar las cuentas del desastre. Sabemos que, actualmente, el planeta
corre ya grave peligro ecológico. Sin embargo, los que vivimos “a
nivel europeo” somos, apenas, un veinte por ciento de la humanidad,
un veinte por ciento que consume el ochenta por ciento de los
recursos gastados en el planeta.
Hay dos mil millones de personas
viviendo en la extrema pobreza. Llevamos más de cincuenta años
considerando que el Tercer Mundo en general está “en vías de
desarrollo”. Aunque, en realidad, no hacía falta más que haber
sumado dos y dos para haber descubierto hace ya mucho que esto no
podía ser más que un chiste de mal gusto. Si el restante ochenta
por ciento de la población mundial se “desarrollara” hasta
alcanzar niveles de producción y consumo cercanos al europeo, es
fácil imaginar lo que sería del planeta y todos sus habitantes.
Este “desarrollo” europeo es, pues,
como vemos, una de esas cosas incompatibles con la forma de ley. En
efecto, se trata de algo que es imposible querer que se produzca en
condiciones tales que cualquier otro pueda, si quiere, hacer lo
mismo. El planeta, sencillamente, no da de sí lo suficiente para que
cualquier otro pueda explotar recursos naturales y mantener el nivel
de despilfarro de los países “desarrollados”.
La objeción definitiva contra el
capitalismo es que se trata de un modo de producción que no puede
detenerse, que no puede, ni siquiera, aflojar la marcha, buscar un
ritmo sostenible de producción. Es esto lo que convierte al
socialismo y al comunismo en la única solución posible para la
humanidad.
La propaganda occidental manejó
siempre el tópico de que las economías socialistas no eran
competitivas y consideró esto una gran objeción contra el
comunismo. Ahora las cosas están más claras: lo bueno que tiene el
comunismo es, precisamente, que no tiene por qué ser competitivo.
Que no tiene por qué exprimir todas las fuerzas de la humanidad en
un ritmo productivo vertiginoso y suicida.
El comunismo puede permitirse el
crecimiento cero, incluso el crecimiento negativo. Puede permitirse,
también, reducir la jornada laboral en la misma proporción que la
tecnología y la maquinaria aumentan la productividad. Ganar tiempo,
por tanto, para el ocio, para la política, el arte, el descanso y el
sexo.
En este sentido, el socialista francés
Paul Lafargue -yerno de Marx- se refería al comunismo como el
ejercicio del derecho a la pereza que asiste a la humanidad.
Así pues, los comunistas no son
revolucionarios porque quieran revolucionarlo todo. Son
revolucionarios en el plano de la economía, porque quieren poner
fuera de juego una economía demencial y absurda, una economía
revolucionaria que no es capaz de dejar al hombre un minuto de
tranquilidad.
Lo que ocurre es que para poner fuera
de juego el capitalismo hace falta, sin duda, una revolución, pues
los capitalistas no se dejan arrancar sin violencia sus privilegios.
Pero eso no debe confundirnos: los revolucionarios, los partidarios
de la revolución permanente son ellos, no los comunistas.
Como dice Eagleton, los comunistas son
gente moderada y sensata que pide cosas que, después de todo, son
muy de sentido común; no es nada descabellado, por ejemplo, exigir
que todo el mundo tenga agua potable y comida suficiente.
Por el contrario, hace falta realmente
ser muy extremista y muy radical para defender un sistema capitalista
global en el que resulta normal que el jugador de baloncesto Michael
Jordan llegara a cobrar por anunciar las zapatillas Nike más dinero
del que se había empleado en el pago de salarios en todo el complejo
industrial del sureste asiático que las fabrica.
Pues bien: contra lo que pretenden las
doctrinas neoliberales, esta revolución permanente a la que el
capitalismo somete a la humanidad es el mayor enemigo de la
ciudadanía. El capitalismo es un nuevo Cronos, mucho más insaciable
y temible que el anterior, porque camina incluso hacia su propia
destrucción".
Infinitas gracias por el aporte post!!! estoy liadísimo pero pronto volveré a mensajear habitualmente. un abrazote!!!!! - observer
ResponderEliminarEn el comunismo la opresion es abusiva, se da a punta de pistola.
ResponderEliminarYo no defiendo ningun sistema de gobierno, ni a a la prostituta de la anarquia.
En el capitalismo por lo menos hay algo de libertad y orden, aunque en si mismo es una mierda.
Pero el comunismo es peor!, el estado, y los poderosos hombres del partido podran violar a tu madre y a tu hija y tu no podras llamar a la justicia.
Porque "el comunismo" es como volver al feudalismo tiranico donde violan a tu madre e hija. Si eso mismo.
El comunismo es un vil demonio q da poder absoluto a los malnacidos hijos de puta lamebotas y No da el poder a los q han echo merito por ganarlo ya sea robando.
Aunque porgusto escribo ,ya q los comunistas como los nazi son unos infantiles huevones.