jueves, 28 de marzo de 2013

Ceremonia y sacrificio




Ritual de lo Habitual
Semana Santa en La Industria del Placer
Ilustrado por Vanessa Beecroft 

"En el siglo XXI, con todos los cambios que se han producido y que seguirán produciéndose, pensar que un puesto de trabajo puede ser para siempre es bonito de decir, pero ya no es realizable. Es, sobre todo, una forma no realista de afrontar el futuro" (…) “un trabajo "mediocre" no es lo mejor, por lo que hay que intentar conseguir uno que "no dé solo un buen salario, sino también oportunidades para desarrollar las capacidades de cada uno, para llegar a una mayor socialización, para poner en evidencia las capacidades personales".

Joaquín Almunia, aquí.

España tiene que hacer sacrificios

Joaquín Almunia, aquí.

 


Las palabras ambiguas y confusas, las tangencias de significados nebulosos, los límites imprecisos entre conceptos similares, suelen esconder (o evidenciar) aporías que van más allá de lo nominal, pues iluminan “lo real” como suelo que subyace a las cesuras del lenguaje. Toda sinonimia es seguramente parcial, los significados se superponen sin hemistiquios que los aíslen, y al mismo tiempo una palabra puede no ser sinónima de sí misma en función de su uso, de su articulación de sentido. Sin embargo, no hay nada más grave que la palabra, pues de su sustancia están hechas todas las leyes. El estado, ya lo dije, es una modulación del lenguaje, distribuidor soberano de lo sensible, y por tanto de lo pensable, lo expresable y lo comunicable.

Un ejemplo precioso de esa vaguedad inherente al gesto de significar es la sinonimia parcial entre los términos ritual, ceremonia, costumbre y hábito. Sea en el diccionario de la Real Academia, en Wordreference o en la Wikipedia, la definición de cada una de estas palabras es remitida a las demás, formando entre sí un círculo en el que el único matiz que las diferencia es actitudinal, psicologista, y por tanto subjetivista: ni cuantificable, ni siquiera identificable como inmanencia. ¿Cómo diferenciar la facticidad de una ceremonia de la de un simple hábito?  Las definiciones suelen incurrir en la misma trampa: la ceremonia (o el ritual) se compone de gestos simbólicos que conmemoran una creencia compartida, mientras la costumbre (o el hábito) se efectúa como recurrencia necesaria por otros motivos. La clave para especificarlas es entonces determinar hasta qué punto el simbolismo es el motor, la causa eficiente de cada usanza: se supone que una Misa es oficiada con una motivación estrictamente celebrativa, ceremonial, mientras un concierto de Sonic Youth respondería a “contenidos” de otra índole cultural. Pero en ambos casos se trata de acontecimientos rituales, cuyas posibles gestualidades están completamente previstas, pautadas y simbolizadas. Esa imprecisión del lenguaje quizás nos demuestra que todo acto de convivencia es la expresión de un protocolo, y por tanto el campo de lo social se articula sobre las ceremonias que lo realizan. Cómo nos saludamos, los horarios de comida y sueño, los compases del amor y la guerra, no son sólamente "costumbres" o "hábitos", sino Ceremonias, en toda la gravedad de esa palabra. El mundo es una semiosfera, y cada pueblo un círculo de guiños compartidos, ritualizados.



La diferenciación entre ceremonia y costumbre da lugar a problemas éticos muy complejos. Para el marxismo más primitivo, las ceremonias vendrían a ser actividades autoconclusivas carentes de valor de uso, meramente representativas y orientadas a la consolidación de determinados códigos superestructurales. Sin embargo, si aceptamos con Baudrillard la indiferenciación de “valor de uso” y “valor de cambio” y consideramos la cadena producción / consumo como un intercambio estrictamente simbólico, toda rutina es ceremonial: privado de su valor de uso, el hábito de lavarse los dientes cada mañana a la misma hora es estrictamente ceremonial, una práctica cuyo sentido es la comparecencia del cuerpo en un código de acciones y presencias socialmente instituidas, pero radicalmente contingentes, cuya operatividad y valencia sólo es determinable en referencia a protocolos sociales muy concretos: por más que la genealogía de las costumbres pretenda encontrar para cada una de ellas un motor "lógico", el hecho es que cada uno de nuestros hábitos se consolida como acto protocolario estandarizante. Los ritos son leyes no escritas, pues se realizan al margen de todo registro: he ahí su potencia secreta, invisible, para henchir de religiosidad vidas que se creen agnósticas.

Según Freud, los rituales responderían a compulsiones de repetición que, inconscientemente, organizan las neurosis colectivas mediante la fabricación de totems y tabús que no sólo se formalizan como objetos sino también (y fundamentalmente) como prácticas, y a menudo luego como instituciones. Una de las grandes paradojas del psicoanálisis es su valoración veladamente patológica de las rutinas, en las que todo acto repetible (todo símbolo) se funda en la castración edípica: el ritual es la actividad neurótica por excelencia, algo así como un gesto desesperado por recuperar una reunificación imposible del Yo con el mundo. Ya sabrán ustedes que la línea de fuga que proponen D&G contra la neurosis es la esquizofrenia, cuyo leit motiv es la disrupción de todo hábito, en armonía con el antiestatalismo del que siempre hicieron gala. Reformulando a Hume, D&G proponen la disolución del sujeto mediante la desactivación de los hábitos en los que se fundamenta. Si el Estado es la garantía de los hábitos, la inmanencia de un pueblo se efectúa en las ceremonias que promueve, y en los sujetos rutinarios que de ellas se derivan. La paradoja es que tanto Freud como D&G, en su desprecio por los hábitos, no hacen más que actualizar la lógica de la Modernidad clásica, aquella que confiaba en el tiempo como Progreso y rechazaba lo habitual como rendición al conformismo.


La modernidad, tácitamente, detesta las ceremonias: en cuanto ritos construidos sobre ademanes teatralizados (simulacros que se aceptan como tal), hay en ellas un fuerte componente alucinatorio, animista, oscurantista, opuesto a la razón. Por su esencia misma, lo ceremonial es un juego con el sinsentido, una aberración simbólica propia de sociedades primitivas atrapadas todavía en la superchería y el fanatismo: no hay justificación lógica positiva para la rivalidad entre Real Madrid y Barça (evento ceremonial ejemplar a día de hoy), como no la hay para las letanías que oficia el sacerdote en Semana Santa, ni para los extraños gestos que componen la ceremonia del Té o la vestimenta del matador antes de una faena. Lo ritual, en cierto modo, opera con certezas contingentes autoconstruida, y ello es intolerable desde la moral científico-materialista y la épica del descubrimiento de lo Nuevo como salvoconducto a la salvación.
Y sin embargo, nuestra sociedad está completamente empapada de ceremonias, de ellas está hecha su sustancia, nuestra convivencia sigue siendo un gigantesco puzzle de rituales: el telediario a las 3, la boda y el funeral, la heterotopía del sábado noche, una escapadita en Agosto, nochebuena, el horario comercial, semáforo en verde, un año erasmus, sacar el perro a pasear, unas cañas al salir de la oficina. ¿Alguien lo duda? La ciudad es el gigantesco escenario en el que se escenifican las ceremonias de nuestra convivencia, aunque embebidos como estamos en ellas, no advertimos su teatralidad. La arquitectura ha sido siempre, y sigue siendo, un ejercicio de escenografía: el diseño del proscenio de nuestros rituales cotidianos, la estratificación de nuestros hábitos amoldados al régimen en el que se formalizan (tanto en el ejemplo de la higiene dental, como en el del concierto de Sonic Youth: toda ceremonia hace arquitectura, y viceversa) … por eso el arquitecto es un Sumo Sacerdote, un master of puppets, aunque ese no sea el asunto de este post.

Insisto en que nuestra cultura posmoderna demoniza los hábitos en la misma medida en que promueve la invención, la creatividad, lo nuevo, lo posible, lo indeterminado, lo que está por hacer: cada vez que nos dicen “be yourself” se nos está diciendo “reinvent yourself, pues ese “yourself” es una figura siempre virtual, nunca alcanzada. El “yo” del hombre posmoderno está siempre a cinco minutos de distancia en el futuro, y debemos correr detrás de él en un supuesto juego de reconstrucción constante de la propia subjetividad, acumulando experiencias “enriquecedoras” en una ansiosa negación de la muerte. Uno de los memes que recorren nuestra ideología es la confianza en la potencia emancipatoria de la experiencia de la otredad: se cree que cuantas más experiencias diferentes viva uno, más profundo y liberador será su conocimiento del mundo. La sabiduría moderna (y todavía la posmoderna) consiste así en cuestionar y desactivar nuestras propias ceremonias, pues la única sabiduría posible se halla en lo que aún no conocemos: ir a Nepal o a Moscú, cambiar de trabajo, huir de las aguas estancadas, “aprender” de toda experiencia ¿diferente? El dogma contemporáneo afirma subrepticiamente:  

La experiencia enriquecedora es la no habitual

Las “costumbres” se circunscriben al pintoresquismo identitario de pueblos míticos, que cobardemente se negarían a aceptar la inevitabilidad del "progreso" como renuncia de lo acostumbrado. La implicación política inmediata de este axioma es muy potente: 

no existe el derecho a la costumbre individual. 

Este principio, que nos puede parecer lógico y natural, es en realidad consecuencia de la doctrina moderna (tiene apenas cinco siglos) que substituye la tradición por la razón instrumental, al menos a nivel “teórico”. Porque, en la práctica, el mundo contemporáneo sigue siendo una máquina ceremonial de hábitos rituales tan severos como los de las sociedades más primitivas.


Vayamos a la dimensión religiosa de las ceremonias, al subtexto trascendental (generalmente inconsciente) que las subyace. Las ceremonias son desde esa perspectiva “Cultos”, liturgias. Cito a la wikipedia:

El término liturgia proviene del latín liturgīa (liturguía), que a su vez proviene del griego λειτουργία (leitourguía), con el significado de «servicio público», y que literalmente significa «obra del pueblo»; compuesto por λάος (láos) = pueblo, y έργον (érgon) = trabajo, obra. En el mundo helénico este término no tenía las connotaciones religiosas actuales, sino que hacía referencia a las obras que algún ciudadano hacía en favor del pueblo o a las funciones militares y políticas, etc. A la exención de esas funciones se le llamaba αλειτουργεσία (aleitourguesía).
 
Creo que esta etimología es suficientemente ilustrativa de hasta qué punto lo social se funda en lo ceremonial, y la convivencia en el hábito con-sagrado.  El ritual de lo habitual.
El ordoliberalismo imperante en todos y cada uno de nosotros, como vengo diciendo últimamente, se basa en una serie de postulados metafísicos autentificados como necesarios: la negación de lo estable en base a la realidad del río de Heráclito, la antropología moral del hombre cuya dignidad se realiza en el emprendimiento, la negación de los “hábitos” como decadencia propia de aguas estancadas, la experiencia no habitual como peaje necesario de la sabiduría. De este cocktail de ideogramas se deducen posturas como las de Almunia que abren este post, y que evidencian los consensos metafísicos sobre los que opera la revolución liberal: aspirar a un trabajo estable es una pretensión bárbara y anacrónica, pues “la lógica de los tiempos” y su eterna fluctuación nos obliga a aceptar la condición efímera de toda estancia en base a un imperativo cosmológico. La inevitabilidad con la que se autolegitima el capitalismo neoliberal se basa en un dogma religioso muy potente (todo fluye y nada es) que supone la culminación de la lógica del progreso: la utopía de la emancipación absoluta remitida al futuro, la negación de todo hábito como piedra en el camino hacia la liberación plena de la humanidad. Almunia lo pone negro sobre blanco: lo estable ya no es realizable. La senda que va desde “Process and Reality” hasta las recomendaciones de la troika neocon se afianza sobre la inasumida creencia religiosa en la primacía de lo emergente sobre lo acostumbrado. Todo esto es por supuesto mentira, el capitalismo no es ni mucho menos esquizofrenia, de ninguna manera es la superación del hábito, simplemente ha cambiado los modos de su ceremonialidad: ahora, como el propio Almunia indica, el ritual ha quedado reducido a un Sacrificio.



España tiene que hacer sacrificios, pese a venir enunciado en el contexto de una conversación sobre economía, es una sentencia de evidentes resonancias religiosas: todo lo que se sacrifica lo hace como ofrenda a un Dios del que se espera clemencia. Algunas culturas sacrificaban corderos esperando la contrapartida divina de una estación de lluvias generosas, otras a vírgenes o efebos como ofrenda a los dioses de la guerra. Un marxista interpretará que el sacrificio que exige Almunia es el de la clase trabajadora a las deidades del capital (un martirio que habríamos de autoimponernos para ser luego merecedores de bonanza económica futura), pero probablemente se trate de una lectura muy simplista, pues hemos omitido hasta ahora mencionar el papel de la muerte en el horizonte de estos procesos. Creo que  

lo sacrificado es el presente, resultado de la negación histérica de la muerte.



Según explica Sylvère Lotringer, existe un hilo conductor entre George Bataille y el Baudrillard de “El intercambio simbólico y la muerte” en base a su modelización común de la dialéctica del amo y el esclavo: según ambos, la soberanía que como pueblo depositamos en un gobernante que concentra el Poder se basa en la suposición de que el sátrapa nos protege de la muerte, o al menos de su presencia cotidiana. El pacto social por el que un Tirano es aceptado como tal requiere que dicho tirano demuestre a sus súbditos que está dispuesto a morir, condición necesaria para que su soberanía sea respetada: la idea misma de Poder, esa que Foucault había estudiado tan minuciosamente, nace según Bataille y Baudrillard en la oclusión de la finitud de la vida, principio sobre el que se desarrollará una escalofriante dialéctica del intercambio simbólico de objetos que no me atrevo a resumir, pero que pueden consultar por ejemplo aquí
El capitalismo y su orden metafísico del tiempo inflacionario (el progreso, crecimiento infinito tanto del capital como del conocimiento o el “desarrollo de las capacidades de cada uno” que invoca Almunia), por más que pretenda haber superado las viejas prácticas primitivas del Ritual, serían así un gigantesco dispositivo ceremonial basado en la negación de la muerte, que se ejerce mediante el sacrificio del presente. La negación de lo habitual, lo acostumbrado y lo rutinario propia de nuestra cultura ya plenamente ordoliberal, es por tanto paradójica, y Baudrillard lo explica muy bien: el ímpetu de la acumulación (de objetos, de experiencias inhabituales, de ideas, de fugas…) no es más que la histéresis a través de la que rechazamos el único horizonte cierto: vamos a morir y lo acumulado perderá entonces su reversibilidad, la máquina de valor que distribuye las equivalencias. Capitalismo, Ceremonia Sacrificial posmoderna, ya no necesita los tiranos de Bataille para que sus ciudadanos se sientan a salvo de la muerte: ahora, es la acumulación impersonal lo que nos sirve de placebo de una vida eterna que sabemos imposible, pero nos resistimos a creerlo.
La cultura nómada del “reinvent yourself”, la confianza tranquilizadora en el progreso, la interpelación a que vivamos gran cantidad de experiencias y no nos conformemos con lo habitual, es entonces tan neurótica como las prácticas arcaicas analizadas por Freud en sus recensiones sobre las compulsiones tribales más reaccionarias. Tal vez, el conformismo del que se resiste a evolucionar o llenarse de experiencias evidencia la sabiduría propia del que ha aceptado la inevitabilidad de la muerte: vamos a morir, y todo lo que hagamos, aprendamos o acumulemos desaparecerá sin la consecución de la emancipación anhelada. El auténtico sabio es el mediocre: su vida es la espera paciente y tranquila de la muerte, sin más expectativa que el gozo cotidiano de sus hábitos de placer, de la plenitud del presente como presencia de la que no hay que esperar nada más.
He simplificado mucho la correspondencia entre capitalismo y negación de la muerte, pero tienen en internet numerosos textos abordando esa curiosa (e irresistible) ceremonia esquizofrénica de la acumulación. Tal vez la única salida posible al sacrificio del presente sea la defensa a ultranza de los propios hábitos y costumbres, la aceptación de la vida tal cual es, como vacuna contra el torrente de Heráclito secuestrado por los liberales, que nos exigen el sacrificio del presente bajo la promesa incumplible de un bienestar futuro al que nunca llegaremos a tiempo. Les deseo una feliz Semana Santa, y esténse tranquilos, no pasa nada, pues ustedes y yo vamos a morir, más antes que después: nada más reconfortante que no esperar nada.

12 comentarios:

  1. El tema de los hábitos es especialmente interesante para la arquitectura, aunque ha sido generalmente o bien minusvalorado en aras al culto de "lo abierto, lo posible, lo incierto...", o bien abordado en términos de ingeniería social recibidos de la sociología más zafia.
    Sin embargo, creo que lo más interesante del diseño de un edificio es la previsión y modulación de los hábitos que propiciará: por más que supongamos que la vida es fundamentalmente un constructo de acontecimientos intempestivos, lo cierto es que el 99% de nuestro tiempo está ocupado por actividades habituales y acostumbradas, por situaciones completamente pautadas. El azar, el caos o lo imprevisible apenas ocupa unos minutos de nuestro día a día, pues la convivencia se sustenta en innumerables protocolos invisibles que codifican causas y efectos, acciones y reacciones, demandas y respuestas, etc.
    Un edificio es una máquina que dispone hábitos, y por tanto ceremonias. Un edificio de oficinas es por ejemplo un prodigio simbólico ritual, cuya "iconicidad" no tiene nada que ver con la "función", el "uso", el "confort" ni siquiera con la "representación", sino casi totalmente en la gestión de una serie de situaciones habituales. Cuando estudiaba en la escuela de arquitectura apenas se debatían estas cuestiones, la potencia escénica del hábito que lo impregna todo, desde la gestión de la privacidad en un WC a la iluminación de un concierto de U2. La enseñanza que recibimos los arquitectos de mi generación se basaba en una idea muy ingenua de la "función" tremendamente simplista... cada vez me interesa más la dimensión de la arquitectura como interface semiótico que al "significar" las cosas, habilita o impide procesos, y más específicamente costumbres. Si alguien conoce algún buen libro de arquitectura en esa dirección, porfa please infórmenme!

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  2. http://www10.pic-upload.de/22.11.12/vhvcpnvvs4kg.gif

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    1. No hay Pole, Mierrrrda!

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    2. Pa otra vez no te leo, joder!

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    3. jajaja estás como un cencerro!! avisa cuando vayáis a lo de tu mac

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  3. Una anotación, la compulsión, el ritual absurdo de una conducta obsesivo-compulsiva, es una de las formas más puras del deseo y pone de relieve la "inmanencia" del deseo, lo inconsciente por decirlo en plan psicologista. Lo digo porque pareciera que el hábito (pongo por caso límite la conducta compulsiva) no necesita de impulsiones que lo animen, cuando precisamente es una de las formas que mejor evidencian lo que sería un segmento de deseo, un circuito (con su aspecto neurológico en los engramas) y su recorrido estereotipado hiper-estructurado. Es muy curioso el concepto de trastorno egodistónico que se aplica a este tipo de conductas. Claro que parten de una concepción estructuralista y suponen una tensión dialéctica entre inhibición y desinhibición en la circulación del deseo inconsciente mediada por un nivel de control preconsciente que llaman ego. Esto es una agonística inconsciente que reverbera en forma de angustias y placeres. Este esquema de carga-descarga y mediación, creo que viene de calcar la estructuración del poder de un cierto tipo de sociedades y no al revés. Probablemente una descripción de estas dinámicas desde la cibernética de segundo orden nos permitiera apreciarlo fuera de la teatralidad tan propia de la psicología profunda. Tampoco niego una jerarquía de control en los sistemas humanos, sólo que esa jerarquía de control multi-nivel no necesita de ningún teatro victoriano para representarse. No obstante, este ego psicológico que dramatiza la existencia tiene muy poco que ver con la ipseidad del hacerse del sentido en su despliegue hacia la clausura o la saturación de su unidad formal de significado (que no por ello agota las posibilidades de significación de una situación ni nada semejante); con el ego fenomenológico.

    Sobre lo del capitalismo existe un libro que todavía no he podido leer ,por las reseñas y citas me parece que aborda la cuestión desde una perspectiva interesante: "La Brujería Capitalista" (Isabelle Stengers y Philippe Pignarre).

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    1. Interesantísimo ese concepto de "trastorno egodistónico" que mencionas y no conocía...Me encantó el último post de tu blog aunque se me escapa esa noción tan pragmática del deseo, que para mí es impensable al margen de cierta "teatralidad". ¿El deseo es un parámetro que se maneja en cibernética? Lo ignoraba completamente pero me parece un asunto interesantísimo, especialmente si en ese territorio consiguen una desambiguación eficaz de "angustia" y "placer" que, en la psicología subjetivista (al menos en la que conozco) me parece un tema muy problemático, que conduce a muchísimas confusiones. Una identificación precisa del Placer sería imho un instrumento fenomenal para dejar atrás cantidad de problemas sociales, hasta cierto punto las fricciones sociales se derivan de la incomposibilidad de lo que cada cual considera "placer". Intuyo que nihilismo, materialismo y hedonismo van de la mano, y deducir de esa tríada una política eficaz pasa por una aclaración precisa de qué es el placer.

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  4. Bonita síntesis esa de que “Lo social se funda en lo ceremonial, y la convivencia en el hábito con-sagrado. El ritual de lo habitual”.

    Lorenz y Escohotado opinan lo mismo, sólo que dicho de otra manera, claro:

    “A juicio de Lorenz, la importancia de este mecanismo (el ritual) es a la larga tal que “todo nació para reforzar el efecto de un determinado movimiento ritualizado”. Como tendencia continua a repetir meticulosamente cualquier acto ensayado sin perjuicio, el ritual vendría a ser un ingenioso sistema de adaptación a oscuras, que permite al viviente moverse y obrar cuando el desconocimiento de las «relaciones causales» impide deliberar a priori, y aconseja rigurosa prudencia. Es el procedimiento ofrecido a un ciego que debe ir de acá para allá sin lazarillo (comiendo, huyendo, apareándose, etc.), primer precepto en el programa de supervivencia impuesto por la vida a sus miembros”. (El pensamiento precientífico II. Génesis y evolución del análisis científico)

    http://www.escohotado.org/



    Por cierto, sobre el sacrificio y el poder hay un bonito post aquí:

    http://avnvalero.blogspot.com.es/search?updated-max=2012-12-13T00:03:00-08:00&max-results=7

    … en el que se pueden leer cosas tan interesantes como ésta:

    “El soberano asistido por la casta sacerdotal pasa a ser el único que puede actualizar la dualidad simbólica […] Su propia inmolación ya no tiene lugar, es desviada hacia una víctima sustitutoria; corolario lógico del cumplimiento inexorable de la esencia acumulativa del poder, cuya desatada inercia despliega una trascendencia del soberano a imagen del calado de sus ahora inmensas fuerzas: en tanto que superviviente del orden regicida ha vencido a la muerte inmediata a manos del grupo y ha pasado a acumular el botín que son las muertes de sus súbditos para arrojarlos a una vida servil; en ese momento, único dueño de su propia muerte, conquista la inmortalidad: se convierte en el Gran Acumulador de tiempo, de eternidad; él mismo es un dios o bien se proyecta en una divinidad superior a la que tratará como su par simbólico.

    Mientras, fuera de los muros del palacio los dominados, desposeídos de las reglas que instituyen la obligación simbólica, “liberados” de la actualización de la auralidad son arrojados a la objetivación, la racionalidad medios-fines, las estructuras desritualizadas que poco a poco pasan a administrar lo social y a hacerse cargo del mundo mismo.

    Se da paso a la separación entre un campo “sagrado” y otro “profano”, entre lo “religioso” y lo “político”; más tarde aparecerán otras separaciones ramificadas al infinito: la del alma y el cuerpo, la de lo masculino y lo femenino, la del bien y la del mal, etc., que perpetúan las estructuras de separaciones iniciadas con la ruptura de la ambivalencia aural”.

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    1. Gracias por los links, super interesantes!!! no sé mucho de antropología, pero hay una cultura bastante desconcertante respecto a esto de la reciprocidad entre tiranía y necrofobia, como es la japonesa, por esa figura tan loca y extraña como es el kamikaze: un súbdito que sin embargo entrega su vida a ¿el tirano? ¿la causa? ¿el pueblo?

      En general la moral samurai y sus férreos códigos de honor, con ese punto de sadomasoquismo tan brutto, es todo un compromiso para la teoría de Bataille, supongo. Alguien como Mishima es un "rara avis" del copón, e incluso la cultura pop japo muestra una indolencia super desconcertante ante el dolor físico. ¿Habéis visto "Ichi the killer"? Una peli que me dejó tiritando por su humor inhumano, una sensibilidad para la que no sé hasta qué punto nuestros discursos modernochos son válidos.

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  5. A Baudrillard también le desconcertaban mucho los japoneses. Dice que “los japoneses, con un viraje extraño, relativizan nuestro concepto de “lo universal” y lo integran a su singularidad”.

    Pero a mí me da la sensación de que tienen otro concepto de destino muy diferente al occidental. Y que hasta donde yo he leído de JB no sé por qué JB no habla de ello, pues resulta evidente como consecuencia de su teoría de los objetos, que cuando un sujeto se vuelve objeto, y apuesta en plan kamikaze su destino a los vaivenes del exterior -extrayendo de ello un cierto placer sadomasoquista como tú dices-, pues resulta un lógica superior a cualquier lógica del sujeto, cuyo umbral de actuación y destino es sin duda alguna la muerte.

    Como decía Cioran: “Dad un fin preciso a la vida: pierde instantáneamente su atractivo. La inexactitud de sus fines la vuelve superior a la muerte; un ápice de precisión la rebajaría a la trivialidad de las tumbas”.

    De ahí que la catástrofe nuclear de Fukushima tenga un sentido tan diferente y quizás más aterrador para un occidental, que el que pudo tener Harrisburg e incluso Chernobil.

    De ahí que el capitalismo y el método científico, IMHO no pueda ser tan universal como pretende Occidente, porque el sentido -y el destino- que le dan diferentes culturas es completamente distinto.

    Pero esa es otra historia... tal vez de un futuro post, no sé.


    PD: Duda post-scriptum (especialmente dirigida a arquitectos e “interioristas” :-)

    Ahora que estamos viendo -como ya nos advirtiera JB- que “la sinrazón vence en todos los sentidos”. Y ante esta pérdida de sentido razonable... ¿no estaremos volviendo al animismo más “primitivo” previo paso por un fetichismo redentor de un sentido perdido? ¿o tal vez es que en el fondo nunca hemos dejado de ser animistas y poquito fetichistas?

    http://youtu.be/w0Yr9QzOb-Q


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  6. aunque no sé si viene mucho al caso, os dejo por aquí un documental sobre el tema japo de mucho interés: "El imperio de los Sin Sexo" (http://www.youtube.com/watch?v=EOCxVLVVNOs)... una muestra de su singularidad que me dejó un poco jodido por eso de que siempre parecen el maldito futuro "naciente"... ah, y este otro tema... los kuratas (https://www.youtube.com/watch?v=2iZ0WuNvHr8), a la venta por 1,3 millones de $ y listos para que nos "echemos unas risas"...

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  7. Muy curioso lo de los kuratas. Ya lo decía JB -sí, sí, ya sé que a veces soy “obsesivo” , pero es que ese tipo ha tenido ideas tan geniales y que se están haciendo tan verificables como éstas-:

    “El deseo se inclina preferentemente hacia unas formas inmorales, igualmente aquejadas de esta denegación potencial de cualquier juicio de valor y mucho más entregadas a este destino extático que arrebata las cosas a su cualidad “subjetiva” para entregarlas a la única atracción del rasgo repetido, de la definición repetida, que las arrebata a sus causas “objetivas” para entregarlas a la exclusiva fuerza de sus efectos desencadenados.

    Cualquier carácter elevado de este modo a la potencia superlativa, atrapado en una espiral de redoblamiento, goza de un efecto de vértigo independiente de cualquier contenido o de cualquier cualidad propia, y que tiende a convertirse actualmente en nuestra única pasión”.

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