Magic Mike (Steven Soderbergh, 2012)
En su esforzada y calamitosa carrera en pos del reconocimiento crítico, la filmografía de Steven Soderbergh ha ido tomando una trayectoria cada vez más en caída libre, siendo el enésimo abducido por ese agujero negro que es la “estética de los Oscar”: películas muy bien filmadas y de fuerte poso moralizante, personalistas y de sentimentalidad explosiva y ejemplarizante, aparentemente arriesgadas pero en realidad milimétricamente fieles al ideario del público al que van dirigidas (gafapastas de nivel medio-bajo, el target al que se dirige el New York Times). Nadie hubiese sospechado, cuando filmó su exquisito y envenenado debut “Sexo, mentiras y cintas de video”, que aquella joven promesa que irradiaba carisma de auteur terminaría por encarnar los valores intelectuales más abyectos de la aristocracia cinematográfica yanky, resultando a la postre una versión low-cost de los Spielbergs, Allens, Eastwood y demás portavoces del “sentido común” de al academia imperial. Para mayor escarnio, pese a sus afectadísimos manierismos Oscar-oriented, Soderbergh jamás trascenderá el status de voluntarioso segundón, pues sus films carecen tanto de la pegada formal de los directores con los que compite, como de la capacidad de la convicción moral que lo capacite para meterse a la clase media progre en el bolsillo. Si, como creía Susan Sontag, el kitsch es “seriedad fallida” (el grotesco resultante de aspirar a un cátedra con material de vertedero), mucho me temo que la obra de este director puede valorarse como el kitsch propio del Dorothy Chandler Pavillion.

