1. ¡Deprisa, deprisa!
Apenas unos lustros atrás, en el
apogeo de la globalización y su despreocupado optimismo tecnocéntrico, todos
los dominios de nuestra civilización parecían imbuidos en una enfebrecida y
fabril aceleración de los procesos
transitivos, de la velocidad del
mundo como sintonía, como si el
éxtasis de las telecomunicaciones y la tecnología del real-time implicasen por
su esencia misma la utopía de lo instantáneo, de la superación de todo período
de dilación o latencia. El asunto por excelencia de los estudios sociales
parecía ser el modo en que la infinita omniconectividad propiciada por la
informática habría de conducirnos a un mundo en el que los acontecimientos
tuviesen lugar a la velocidad del pensamiento, arrojando la realidad a una hiper-velocidad
de tal potencia que cualquier intento por ordenarla resultaría por fuerza
estéril, insuficiente: mientras las transacciones financieras se rendían a la
velocidad de crucero derivada de los nuevos instrumentos de cálculo
computerizado (tan vertiginosos que desbordaban la aptitud del cerebro humano
para considerarlos), las “modas” y su
mesmerizante orgía de signos multiplicaban exponencialmente su capacidad de
auto regeneración just-in-time, y
cualquier expresión de “lo nuevo”
proliferaba con tal premura que un nuevo invento en Los Ángeles podía estar
disponible en Milán en apenas unas horas. Países periféricos como España,
acostumbrados a la sensación de que las novedades les llegasen tras un
irrecusable período de espera, sentían de repente que la proliferación
instantánea de las primicias a escala trasnacional les ponía en paralelo a los
grandes epicentros de producción cultural: cuando nuestros hermanos mayores
viajaban a Londres hace unos años, narraban a su regreso las excelencias de los
inventos allí comunes y aquí desconocidos, mientras que hoy en día uno viaja a
Nueva York y vuelve con la sensación de que nosotros gozamos del mismo nivel de
desarrollo tecnológico, social y cultural que en las más lustrosas capitales
del globo. La transmisión instantánea
del conocimiento y la tecnología llevarían a todos los hogares del planeta,
sin necesidad de dilaciones, las innovaciones producidas en cualquier lugar por
distante que sea: la sincronización unificadora del compás del mundo subsumiría el tempo de lo local a la cronometría global. Un proceso en el que
convergen las telecomunicaciones, la laxitud de las condiciones arancelarias
para las transacciones, las infraestructuras a escala trans-continental, y un
nuevo estado de desarrollo del Sistema en el que éste parece haber superado por
fin la última frontera de su imperio: el tiempo, construido sobre lo que antaño fueran los tiempos.