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jueves, 18 de abril de 2013

Tiempos Modernos

La flecha del tiempo, la espiral del poder 














1. ¡Deprisa, deprisa!

Apenas unos lustros atrás, en el apogeo de la globalización y su despreocupado optimismo tecnocéntrico, todos los dominios de nuestra civilización parecían imbuidos en una enfebrecida y fabril aceleración de los procesos transitivos, de la velocidad del mundo como sintonía, como si el éxtasis de las telecomunicaciones y la tecnología del real-time implicasen por su esencia misma la utopía de lo instantáneo, de la superación de todo período de dilación o latencia. El asunto por excelencia de los estudios sociales parecía ser el modo en que la infinita omniconectividad propiciada por la informática habría de conducirnos a un mundo en el que los acontecimientos tuviesen lugar a la velocidad del pensamiento, arrojando la realidad a una hiper-velocidad de tal potencia que cualquier intento por ordenarla resultaría por fuerza estéril, insuficiente: mientras las transacciones financieras se rendían a la velocidad de crucero derivada de los nuevos instrumentos de cálculo computerizado (tan vertiginosos que desbordaban la aptitud del cerebro humano para considerarlos), las “modas” y su mesmerizante orgía de signos multiplicaban exponencialmente su capacidad de auto regeneración just-in-time, y cualquier expresión de “lo nuevo” proliferaba con tal premura que un nuevo invento en Los Ángeles podía estar disponible en Milán en apenas unas horas. Países periféricos como España, acostumbrados a la sensación de que las novedades les llegasen tras un irrecusable período de espera, sentían de repente que la proliferación instantánea de las primicias a escala trasnacional les ponía en paralelo a los grandes epicentros de producción cultural: cuando nuestros hermanos mayores viajaban a Londres hace unos años, narraban a su regreso las excelencias de los inventos allí comunes y aquí desconocidos, mientras que hoy en día uno viaja a Nueva York y vuelve con la sensación de que nosotros gozamos del mismo nivel de desarrollo tecnológico, social y cultural que en las más lustrosas capitales del globo. La transmisión instantánea del conocimiento y la tecnología llevarían a todos los hogares del planeta, sin necesidad de dilaciones, las innovaciones producidas en cualquier lugar por distante que sea: la sincronización unificadora del compás del mundo subsumiría el tempo de lo local a la cronometría global. Un proceso en el que convergen las telecomunicaciones, la laxitud de las condiciones arancelarias para las transacciones, las infraestructuras a escala trans-continental, y un nuevo estado de desarrollo del Sistema en el que éste parece haber superado por fin la última frontera de su imperio: el tiempo, construido sobre lo que antaño fueran los tiempos.
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