La relación entre filosofía y militancia plantea otra de esas preguntas cuya respuesta es una "cintas de Moebius" que ofrece dos resultados antitéticos en función de cómo se plantee: por un lado, el pensamiento verdaderamente objetivo debería mantenerse inmune a las injerencias ideológicas (pues el filósofo aspira a situarse en un plano "meta-ideológico" de inviolable racionalidad pura) pero, al mismo tiempo, no hay pensamiento posible si éste no viene desatado por un problema que exija un posicionamiento firmemente localizado. Los grandes filósofos construyen sus teorías éticas y morales de modo que éstas parecen resultados deducidos lógicamente desde axiomas metafísicos, pero muy probablemente la arquitectura lógica de sus conceptos no sea nunca imparcial, sino conducida intencionalmente hacia un determinado horizonte que, inconscientemente, ya se olfateaba en el punto de partida. Es decir, por más que los grandes pensadores planteen sus idearios políticos como si de corolarios científicos se tratase, radicalmente neutros y pensados muy friamente, bajo su aparente objetividad late necesariamente un impulso intencional, militante: los filósofos sólo encuentran las deducciones que, consciente o inconscientemente, buscaban. Aceptando que no es posible un pensamiento absolutamente lógico y al margen de determinaciones locales, el grado de imparcialidad varía mucho de unos a otros filósofos. Personalmente, valoro muchísimo los discursos más neutrales y severos, los que muestran la valentía del que sigue firme su cadena de razonamientos sin temor a llegar a resultados imprevistos o incómodos. Quizás por eso gente como Toni Negri o Murizio Lazzarato me resultan interesantes como ideólogos, agitadores o militantes, pero estériles como filósofos stricto sensu por cuanto sus ideas están completamente orientadas en una única dirección política que no acepta titubeos.El límite de toda filosofía se encuentra en aquello sobre lo que no se atreve a titubear.