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lunes, 7 de enero de 2013

Estructuras solidarias para héroes solitarios


Cloud Atlas (Tom Tykwer, Andy Wachowski, Lana Wachowski, 2012)





Pese a su generosidad en triquiñuelas digitales y  efectos de posproducción, la gramática cinematográfica de l@s herman@s Wachowski se cuenta entre las más clasicistas de los directores de su linaje. Mientras otros investigadores de las posibilidades de un cine genuinamente digital se esfuerzan por retorcer las estructuras narrativas, deconstruir la composición argumental o rehabilitar los arquetipos psicológicos heredados del lenguaje clásico, los Wachowski parecen conformarse con hechuras escasamente sorprendentes, tanto por la perezosa formulación de la perspectiva moral (nunca ambigua, siempre delimitando muy claramente quienes son “los buenos” y quienes “los malos”) como por la formalización de sus relatos, indisimuladamente convencional. La mediocre ingeniería de sus narraciones gana en pegada gracias a su habilidad para la caligrafía de los efectos visuales, pero no hay que buscar por ahí la explicación al descomunal impacto generacional de cada una de sus películas: su punto fuerte es sin duda la naturalidad con la que logran visibilizar las inquietudes políticas de la “generación perdida” y su tenebroso laberinto identitario. Partiendo siempre de figuras típicas del imaginario clásico (el héroe, el clan rebelde, Goliat, la pasión emancipatoria…), los Wachowski tienen un don para travestir historias en realidad mil veces contadas para que resulten inauditas al imaginario afectivo del espectador al que se dirigen, que intuitivamente empatiza con los trasuntos sociopolíticos que subyacen al atrezzo estético. Los feligreses de Althusser o Gramsci se deben rasgar las vestiduras al constatar la enorme facilidad con la que estos cineastas se meten al espectador en el bolsillo, convirtiendo propaganda política (moderadamente) subversiva en espectáculo multisalas y dándole así una difusión jamás alcanzada por la izquierda ilustrada. Si Naomi Klein o Tiqqun aportan el andamiaje intelectual al cluster de movimientos #occupy, gente como los Wachowski le aportan la imprescindible seducción icónica a través de sus ya clásicas metáforas de las pastillas roja y azul o la máscara de Anonymous, un estupendo argot simbólico universalizable y perfectamente amoldado a los microactivismos en la era de la resistencia individual a la conspiración informativa. En ese sentido, nadie puede poner en duda la honorabilidad y talento de Godard, pero dudo que algo tan autoindulgente como “Film Socialisme” pueda ejercer la más mínima influencia sobre el indignado de la generación Playstation,


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