oscar mulero .
about discipline and education.
Siempre me han seducido
mucho, como espectador, las formas artísticas muy regladas, que
imponen un estricto código normativo para su repertorio estético,
suficientemente típico y genérico como para que sus
obras maestras alcancen el sabor de lo impersonal, incluso a costa de
que dichas normas sean completamente absurdas o insignificantes. El
ejemplo perfecto de lo que digo son los Haiku, brevísimos poemas
japoneses de métrica legislada hasta el delirio mediante unos
parámetros que son como son, pero que podrían ser
completamente diferentes. Habitualmente, los practicantes de las
artes que orbitan alrededor del zen se limitan a perfeccionar con
insistencia obsesiva tres o cuatro normas básicas cuyo criterio no
es necesario justificar ni mucho menos cuestionar: la elaboración de
jardines japoneses, la artesanía del abanico, el ritual del té o
las plegaduras del Origami son labores a desarrollar con rigurosísima
fidelidad al canon que las funda, y que en muchos aspectos no
responde explícitamente a ninguna lógica técnica ni funcional.
Supongo que todos los rituales tienen algo de Dada, y tal vez este
tipo de prácticas obtengan su potencia hipnótica de su desafección
por el sentido.