


El arte obtiene su sustancia (los asuntos sobre los que indaga) de las especificidades de la cultura correspondiente a cada época, pues como siempre recordamos el propósito de la función artística es la adecuación de los sistemas cognitivos de los espectadores a los fenómenos que han de resolver en su vida cotidiana. Últimamente estoy fascinado con el hegelianismo, y creo que aquello del zeitgeist hay que leerlo de un modo mucho más mundanal y material de cómo se suelen hacer sus exegetas más pomposos: el “geist” no es una figura idealizante ni totalitarizadora de un “espíritu” omni-presente, sino algo así como la panorámica de un tiempo a resultas de las condiciones culturales inmanentes que le son propias. Los artistas trabajan sobre problemas, errores o faltas, y supongo que la pertinencia (y conveniencia) de la “belleza” como parámetro primero sólo merece la pena cuando ésta viene a ser la armonía nueva de disparidades viejas. La única belleza respetable es la que criba el ruido hasta que aflore la melodía que le subyacía, en un proceso perfectamente remisible a ese fabuloso método de producir realidad que es la síntesis dialéctica.