Vivimos en la cultura del caos porque, para empezar, hemos inventado la
palabra caos y el concepto que ella
vehicula, pues prácticamente ninguna civilización anterior a la modernidad
contaba en su lenguaje con un término equivalente. Mucho más longevos son los
conceptos de “desorden”, “azar” y “aleatoriedad”, que
contrariamente a lo que su uso cotidiano nos lleva a creer, refieren
procesos que no tienen nada de caóticos. Y es que el caos es una figura
epistemológica utilizada para significar sistemas
de orden complejo irreductibles a funciones lineales y, en consecuencia, de
desarrollo impredecible… pero ni casual ni libre: lo caótico es el residuo
cognitivo de las ciencias deterministas, de las que nace y a las que se debe, pues sólo en su marco puede tener lugar. Fuera de un espacio medible, no hay caos.